09 febrero, 2008

Mis Libros: La Tercera Virgen, de Fred Vargas

Los libros son como la comida; A veces nos alimentamos,a veces comemos porque no sabemos qué hacer...y hay ocasiones en que sufrimos tal placer que paladeamos con angustia, nos deleitamos en pleno paroxismo. Hay personas que carecen de paladar, distinguen entre "está rico" y "qué asco". Pobres minusválidos de la gastronomía!. Por lo mismo, millones de personas leen para informarse, o por obligación. Les "gusta" un libro. Yo no sería quien soy sin Proust, sin Tolkien. Pasé un verano escuchando el crujir de las sedas color lavanda, recorrí León durante otro estío observando las minas de los enanos. Millares de libros han vivido en mi y han sido más reales que la vida y más verdaderos. Leo como el enólogo que nota el calor del sol en las viñas y percibe un leve rastro de madera quemada y frambuesa (si, también se hacer eso si me concentro).

Y ahora he encontrado una perla, una autora deliciosa, irónica, lúcida y tierna hasta la crueldad.Tan real es esta novela que, siendo policiaca, se me da un ardite quien sea el asesino, si es que lo hay. Me importa más, saboreo y gozo hasta la risa alegre la descripción de un gato:

"El gato se desplazaba por la Brigada de un punto a otro, de rodillas en rodillas, de la mesa de un cabo a la silla de un teniente, como quien cruza un río por las piedras sin mojarse los pies. Había iniciado sus días no más grande que un puño, siguiendo a Camille por la calle(...) Porque el gato era incapaz de arreglárselas solo, completamente desprovisto como estaba de esa autonomía un tanto despectiva que constituye la grandeza del felino.Y, pese a ser un macho entero, era la encarnación de la dependencia y el sueño permanente.La Bola, pues así lo llamaba Danglard al adoptarlo, estaba en las antípodas de un animal tótem de una brigada de maderos. El equipo se relevaba para ocuparse de esa masa de pelo, de molicie y de temor, que exigía ser acompañada para ir a comer, a beber o a mear.Y eso que tenía sus preferencias, con Retancourt claramente a la cabeza. La Bola se pasaba la mayor parte de la vida a dos pasos de su mesa, tumbado sobre la tapa tibia de una de las fotocopiadoras. Máquina que ya no podía utilizarse por evitar un sobresalto mortal al animal. En ausencia de la mujer a la que amaba, la Bola recurría a Danglard(...)Ese jueves, Danglard sostenía a la Bola en sus brazos, a modo de bayeta colgando a cada lado (...)"


(Para no alargarlo no os transcribo la ocasión en que Retancourt, que es una mujerona rubia y y directa habla con la Bola por el móvil para convencerlo de que no se ha ido para siempre y volverá en cuanto resuelva un asesinato).

3 comentarios:

Senior citizen dijo...

Yo también recuerdo las sedas lavanda de un verano (supongo que mucho más antiguo que el tuyo), saboreo el amargo Campari de Los caballitos de Tarquinia y he llorado con el cojeante payaso de Böll.

Sin embargo, hace ya mucho tiempo que no leo narrativa. Quizá han dejado de interesarme las vidas ajenas porque me basta con sacar adelante la mía.

Aunque, pensándolo bien, los blogs son vidas ajenas, y eso sí me interesa. Paradojas.

¡Que complicados somos!

Anónimo dijo...

Con sólo ese extracto me ha convencido. Apunto este autor para mi lista de espera. Muchas gracias, tiene pinta de que si cae en mis manos lo voy a disfrutar mucho.

Milady133

Mafalda dijo...

Pues no he leído nada de ella, pero promete por esa parte que has transcrito.
Anótame en la lista de los "libros prestaos", que yo sí los devuelvo.